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Una emocionante historia en entregas semanales, con la sorprendente novedad de que se lee de atrás para adelante porque como se habrán dado cuenta esto es...¡Internet!

Relato 3:

Los botines “sacachispas”

Hacía algún tiempo que el debate estaba presente entre mis amigos, ¿los tapones de los botines “sacachispas” también sobresalían hacia adentro?. Nada estaba claro porque aún no le habían comprado un par a ninguno y el consumo inmediato no era lo común en esa época. Tal vez podían pasar años entre que semejante producto de la tecnología deportiva salía a la venta y que uno lo tuviese puesto encima. De la foto o dibujo en la revista a los pies había un abismo y era casi seguro que jamás pudieses tenerlo. En un cumpleaños, más o menos a mis 11 años, llegó la hora de repartir la torta, los globos y los regalitos. La fiesta llegaba a su fin. Cada niño estaba interesado en diferentes cosas, algunos en el tamaño de la porción que le tocaría a él, otros preocupados por la porción que le tocaba a los demás, otros no pensaban en ninguna de esas cosas sino en determinados detalles de esa casa desconocida que les mostraba una realidad diferente a la que vivían en sus hogares, seguramente algo mas pobres. Yo por desgracia me había caído a una acequia en la vereda y tenía mojadas mis zapatillas. La madre del agasajado buscó en los armarios para encontrarme un calzado de reemplazo hasta que las mías se secaran. Entre las manos de la vecina surgieron con un color especial y un olor preciso y definido unos “botines Sacachispas” los cuales ató a mis pies con todas las vueltas reglamentarias que debían tener. No quería hablar para que la magia de ese momento desapareciera. Y mientras repartían la torta y los presentes yo miraba maravillado como me quedaban los “botines sacachispas” y corría entre todos comprobando la velocidad el agarre y que definitivamente los tapones de goma no sobresalían hacia adentro. Pasé un largo rato en ese trance y con la velocidad instalada en mis pies porque sabía que, difícilmente, los pueda volver a tener.

Relato 2:

Una discusión acerca del amor

Como ya dije, de chico tengo muy pocas fotos, seguramente porque “no estaban para fotos con tantos problemas”. El caso es que mi primera infancia se reduce a muy pocas imágenes que pueda repasar ahora.
Pero debo haber vivido un día a día, alguna rutina, no sólo la discusión aquella de mi madre dolida y mi padre alcohólico, tampoco solamente el puñetazo contra el vidrio de la puerta y la mano sangrante después de vaya saber qué conflicto. De todo ese mundo tengo escasos recuerdos. Creo acordarme de un hecho imposible, mi madre y yo visitando a una tía que vivía en una casa enorme con un gran portón en la entrada y un parral a medida que ingresabas a la casa: casi imposible porque esa tía vivía en un lugar así cuando yo la visitaba en el cochecito con casi un año de vida. Después de eso tengo un mundo de anécdotas a nivel del piso, casi un muestrario de baldosas porque, rara vez, recuerdo una cara de esa época. Algunas siestas interminables y yo jugando con mi hermana a cualquier cosa, y un accidente de “esgrima avanzada” con una aguja de tejer que terminó enterrándose en mi paladar.
De esa época me queda un inventario de sucesos escuetos y generalmente tristes. Mi padre en la vereda sentado en el antepecho de la ventana, pensando vaya a saber en qué fantasmas, con su vida de aviador y su alcoholismo a cuestas. Después, una cadena infinita de desengaños, “mujeres interesadas”, los “buenos” y los “malos” y toda esa cantidad de obviedades que tiñen la vida de la gente casi nada queda en el recuerdo, salvo las idas y vueltas de una familia desintegrándose.

Tal vez lo más claro sean los pisos de baldosas blancas y negras de la casa de la calle Barraquero, en Mendoza, con su pasillo largo y un montón de detalles que pagaría por recordar precisamente ahora, y mi padre llegando de un trabajo extraño y poco definible como aviador, esquiador o cualquier cosa que suponga una aventura. Yo arrojándome a sus piernas cuando llegaba y… punto. Ahí terminan los recuerdos. Después, un desfile de comentarios acerca de la falta de amor, la violencia, la traición, el abandono y las familias desarmadas.
Todo cerraría perfectamente si no fuera por un simple detalle, un mínimo e ínfimo detalle: yo jugaba con unos amiguitos en la verdea de mi casa, mas o menos entre los tres y los cuatro años y corriendo por esa vereda estrecha el freno de una moto estacionada se me clava a milímetros del ojo, casi lo pierdo y hasta hoy una leve cicatriz recuerda el hecho, de ahí en más gritos sangre en la cara y algunas corridas que casi no recuerdo. Pero en todo ese bullicio mi padre me levantó en sus brazos y me apretó firmemente. Nada, ni el más terrible argumento pueden hacerme olvidar de ese momento donde sentí que mi padre me amaba. Un par de años después, mi familia se desmembró y jamás volví a verlo, escuché miles de comentarios de odio y abandono pero nada me hizo creer jamás que ese pobre hombre no me amaba.

Un simple y sencillo abrazo valió los pocos años que estuvimos juntos y no necesité más nada para comprender que entre que nací y mas o menos los cinco años tuve un padre que me amó a pesar de sus fantasmas, sus dolores y su alcoholismo.

Relato 1:

Gagarín y las sirenas del mundo

Ya no estoy seguro si el relato de la anécdota superó al hecho, pero quedó fijado en mi memoria como una escena de cine negro americano. Inevitablemente monocromática y con algo de viento y de fervor. Las sirenas sonaban en la ciudad y mi madre corría conmigo en los brazos, seguramente yo con un gorrito de lana blanco y ella con un abrigo claro, cruzando las calles entre esos autos negros gigantescos con guardabarros brillantes y adornos cromados por las calles de la Mendoza del 61. Ella hace referencia a la esquina donde estaban “las tiendas Gath & Chávez” que jamás vi. De esa Mendoza no me queda casi nada en la memoria, sólo ese día donde se conmocionó todo el mundo porque Yuri Gagarín era el primer hombre que salió al espacio para volar orbitando la tierra. Unas pocas décadas atrás se habían inventado, los primeros endebles biplanos, donde pilotos sin miedo arriesgaban todo para poder volar y cumplir con un sueño del hombre largamente postergado. Las sirenas del mundo sonaban en ese instante y era lógico porque ese era un tiempo de sorpresas y novedades. Las sirenas del mundo sonaban ese día y el mundo cambiaba a una velocidad poco usual en la historia. Las sirenas del mundo sonaban ese día y en unas pocas décadas las hazañas ya no llamarían tanto la atención, y las sirenas no volverían a sonar por ellas.
No sé bien si ese hecho puede haberme afectado, teniendo un año y en la seguridad de los brazos de mi madre. Pero no caben dudas de que la época en que nací fue un huracán, una vorágine de sucesos y cambios constantes que marcó para siempre la humanidad.

Años más tarde Gagarín se estrellaba en la campiña rusa probando un avión y, según cuentan, tratando de evitar un poblado y para mí se terminaba una etapa, como tantas que vendrían después, y moría uno de mis primeros héroes, éste a diferencia de la mayoría, de carne y hueso.

En muchos momentos me he encontrado tratando de recordar más anécdotas sobre mis primeros años, pero es difícil. Muy pocas fotos porque había problemas en mi familia y “poco tiempo para sacar fotos” y como todos saben las fotos sirven para reconstruir los momentos donde la memoria se engaña a sí misma.

Ahora trato de recordar cuándo sonaron nuevamente las sirenas en las capitales del mundo, y no puedo recordar nada, estuve cuando el hombre llegó a la luna, cruzando la calle de la mano de mi madre y no sonó ninguna, quizás sólo en los bombardeos o en catástrofes, pero nunca en todas las ciudades. Ese quizás haya sido el último momento de unión entre los países, entre las diferentes culturas o tal vez haya sido sólo una expresión de deseo de mi madre y jamás, jamás sonaron todas las sirenas del mundo ante un suceso.

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